30-06-2026, 07:22 PM
Última modificación: 30-06-2026, 07:25 PM por Douma Kodon.
Día 16 de verano // Año 150
Llegar a la zona residencial de Kirigakure siempre dejaba el mismo sabor de boca: humedad, frío y esa constante sensación de aislamiento, debido a lo roto que estaba el mundo en general. Douma caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta clara, junto a su pantalón del mismo tono y su camisa negra. Iba caminando con tranquilidad usando sus botas negras al tiempo que se hacia mapas mentales de la aldea, solía hacer eso cada vez que recorría sus calles. No le gustaba perder el tiempo, y menos cuando lo contrataban para lo que parecía un descuido doméstico.
La mujer que lo contrató lo recibió al borde del colapso. Era una madre del distrito civil, de esas que la crisis mundial y el asedio a la aldea habían vuelto sumamente paranoicas, con toda la razón del mundo. Estaba tan histérica que apenas vio a Douma llegar, comenzó a gritar y a llorar desesperada, interrumpiéndolo cada vez que él intentaba abrir la boca para hacerle preguntas básicas. Parecía una escena particular, sobre todo porque la apariencia regordeta de ella y su desesperación no ayudaban en lo absoluto. Entre su ráfaga de llantos y palabras atropelladas, la mujer solo logró soltar la descripción física de su hija, repitiendo que se vestía con un abrigo rojo y llevaba el cabello recogido. Douma no pudo indagar más; la crisis de la madre era tan abrumadora que terminó contagiándole una prisa innecesaria, logrando que el joven shinobi saliera disparado a buscar de inmediato con esos pocos datos, olvidando por completo un detalle que la mujer llegó a mencionar a medias entre sus gritos...
El rastro lo llevó primero hacia el mercado de la zona baja. Al cabo de unos minutos, divisó a la pequeña con el abrigo rojo sentada cerca de un puesto de verduras abandonado. Se veía bastante tranquila, de hecho, parecía muy feliz de estar lejos de la sobreprotección de su madre. Douma se acercó manteniendo esa distancia prudente que siempre usaba con los demás.
—Tu mamá te está buscando. Muévete, no me gusta perder el tiempo —le dijo de forma directa pero respetuosa.
La niña lo miró con una sonrisa traviesa, asintió y salió corriendo en dirección a su casa. Fue justo en ese instante, al verla marchar, cuando el cerebro de Douma hizo clic y recordó las palabras ahogadas de la madre: se suponía que eran dos hermanas. Douma maldijo internamente su descuido; su propia ansiedad por hacer las cosas bien al primer intento lo obligaba a ser preciso, y haber salido corriendo sin la descripción de la segunda niña era un error inaceptable. ¿Cómo se le pudo haber pasado algo así? Le molestaba consigo mismo, y es que por un momento pensó que había conseguido algo de dinero fácil. Sugirió seriamente en regresar a la casa de la mujer para interrogarla mejor, pero justo cuando iba a dar la vuelta, vio por el rabillo del ojo a la misma niña del abrigo rojo metiéndose a toda prisa en un callejón que iba en dirección contraria, hacia el muelle viejo.
Douma frunció el ceño, dejando el asunto de la hermana en pausa por un segundo. ¿Cómo demonios se había desviado tan rápido si la vio irse por el otro lado? Su propia terquedad saltó de inmediato; no iba a dejar que la mocosa se le perdiera de vista. La siguió a paso rápido hasta el muelle húmedo, donde la encontró jugando con unas piedras.
—¿Te estás burlando de mí? Te dije que fueras a casa —soltó Douma, un tanto retador pero manteniendo el control.
La niña puso cara de inocente, dio un salto y pasó corriendo por su lado de vuelta al centro. Douma suspiró, dispuesto a seguirla, pero al salir del muelle y llegar a la plaza de las esculturas, se detuvo en seco. Sentada en una banca, balanceando las piernas y comiéndose un dulce, estaba la niña del abrigo rojo.
Douma parpadeó, incrédulo. Calculó la distancia milimétrica del muelle a la plaza; era imposible que lo hubiera adelantado sin que la viera correr por la avenida principal. Sintiendo que su lógica estaba siendo desafiada, se plantó frente a ella.
—¿Cómo llegaste aquí antes que yo? —le exigió saber, con la mirada entrecerrada.
La pequeña se limitó a señalar un callejón estrecho lleno de sábanas colgadas a secar. —Por el atajo, señor ninja —dijo con voz angelical antes de escabullirse entre la ropa tendida.
Molesto por no tener la razón, Douma se metió al callejón apartando las sábanas húmedas con brusquedad. Al salir del laberinto de tela, vio a la niña doblando la esquina hacia las escaleras de piedra que subían al distrito alto. Subió los escalones de tres en tres, usando su agilidad shinobi para cortarle el paso. Al llegar a la cima de la colina, jadeando levemente, la vio sentada tranquilamente en el borde del mirador, mirando el paisaje nublado como si llevara horas ahí.
Esto ya rozaba el absurdo. El joven analizó el entorno buscando alguna respuesta lógica. No había nada. Su frustración interna crecía; se exigía ser infalible y una simple civil lo estaba volviendo loco.
—Se acabó el juego. Vas a casa ahora mismo —sentenció, tomándose la situación como un reto personal.
La niña se rió, se levantó de un salto y bajó corriendo por una rampa lateral en dirección a la zona residencial.
Decidido a no fallar otra vez, Douma no la siguió a pie; saltó directamente a los techos para esperarla justo en la entrada de su hogar y acabar con la farsa. Al caer con precisión milimétrica en la esquina de la vivienda, se topó de frente con la niña... que venía saliendo tranquilamente de la cocina masticando una fruta.
Douma se quedó rígido, a punto de reclamarle por usar trucos extraños, cuando un ruido de pisadas apresuradas a sus espaldas lo hizo voltear. Detrás de él, llegando por la calle principal y completamente agitada por venir corriendo desde las escaleras, apareció la misma niña del abrigo rojo.
El joven shinobi se quedó en un silencio sepulcral, mirando a la de la cocina y luego a la de la calle. Vestían exactamente igual, tenían el mismo rostro y ahora mismo se estaban doblando a la mitad de la risa por su cara de confusión. Al verlas juntas, el misterio, las velocidades imposibles y el recuerdo difuso de la madre histérica encajaron de golpe en su cabeza de forma matemática: eran gemelas idénticas.
No estaba enojado, pero sintió esa tremenda frustración de haber corrido por toda Kiri y haber roto sus propios esquemas lógicos por dejarse llevar por los nervios de un cliente y no haber verificado la información.
—Muy chistosas —dijo Douma, acomodándose la chaqueta con desdén pero manteniendo su postura respetuosa—. Entren ya, su mamá está por desmayarse.
Las gemelas, orgullosas de haber burlado a un ninja de la niebla, entraron corriendo a la casa. La madre salió de inmediato, ahogada en llanto, agradeciéndole efusivamente por traer a sus dos hijas a salvo. Douma solo asintió con la cabeza, dio media vuelta y se retiró. Había aprendido que, por más histérico que esté el cliente, la precisión requiere imponerse y preguntar bien antes de actuar. Una misión cumplida era un paso más para dejar esa aldea y conocer el mundo.
Llegar a la zona residencial de Kirigakure siempre dejaba el mismo sabor de boca: humedad, frío y esa constante sensación de aislamiento, debido a lo roto que estaba el mundo en general. Douma caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta clara, junto a su pantalón del mismo tono y su camisa negra. Iba caminando con tranquilidad usando sus botas negras al tiempo que se hacia mapas mentales de la aldea, solía hacer eso cada vez que recorría sus calles. No le gustaba perder el tiempo, y menos cuando lo contrataban para lo que parecía un descuido doméstico.
La mujer que lo contrató lo recibió al borde del colapso. Era una madre del distrito civil, de esas que la crisis mundial y el asedio a la aldea habían vuelto sumamente paranoicas, con toda la razón del mundo. Estaba tan histérica que apenas vio a Douma llegar, comenzó a gritar y a llorar desesperada, interrumpiéndolo cada vez que él intentaba abrir la boca para hacerle preguntas básicas. Parecía una escena particular, sobre todo porque la apariencia regordeta de ella y su desesperación no ayudaban en lo absoluto. Entre su ráfaga de llantos y palabras atropelladas, la mujer solo logró soltar la descripción física de su hija, repitiendo que se vestía con un abrigo rojo y llevaba el cabello recogido. Douma no pudo indagar más; la crisis de la madre era tan abrumadora que terminó contagiándole una prisa innecesaria, logrando que el joven shinobi saliera disparado a buscar de inmediato con esos pocos datos, olvidando por completo un detalle que la mujer llegó a mencionar a medias entre sus gritos...
El rastro lo llevó primero hacia el mercado de la zona baja. Al cabo de unos minutos, divisó a la pequeña con el abrigo rojo sentada cerca de un puesto de verduras abandonado. Se veía bastante tranquila, de hecho, parecía muy feliz de estar lejos de la sobreprotección de su madre. Douma se acercó manteniendo esa distancia prudente que siempre usaba con los demás.
—Tu mamá te está buscando. Muévete, no me gusta perder el tiempo —le dijo de forma directa pero respetuosa.
La niña lo miró con una sonrisa traviesa, asintió y salió corriendo en dirección a su casa. Fue justo en ese instante, al verla marchar, cuando el cerebro de Douma hizo clic y recordó las palabras ahogadas de la madre: se suponía que eran dos hermanas. Douma maldijo internamente su descuido; su propia ansiedad por hacer las cosas bien al primer intento lo obligaba a ser preciso, y haber salido corriendo sin la descripción de la segunda niña era un error inaceptable. ¿Cómo se le pudo haber pasado algo así? Le molestaba consigo mismo, y es que por un momento pensó que había conseguido algo de dinero fácil. Sugirió seriamente en regresar a la casa de la mujer para interrogarla mejor, pero justo cuando iba a dar la vuelta, vio por el rabillo del ojo a la misma niña del abrigo rojo metiéndose a toda prisa en un callejón que iba en dirección contraria, hacia el muelle viejo.
Douma frunció el ceño, dejando el asunto de la hermana en pausa por un segundo. ¿Cómo demonios se había desviado tan rápido si la vio irse por el otro lado? Su propia terquedad saltó de inmediato; no iba a dejar que la mocosa se le perdiera de vista. La siguió a paso rápido hasta el muelle húmedo, donde la encontró jugando con unas piedras.
—¿Te estás burlando de mí? Te dije que fueras a casa —soltó Douma, un tanto retador pero manteniendo el control.
La niña puso cara de inocente, dio un salto y pasó corriendo por su lado de vuelta al centro. Douma suspiró, dispuesto a seguirla, pero al salir del muelle y llegar a la plaza de las esculturas, se detuvo en seco. Sentada en una banca, balanceando las piernas y comiéndose un dulce, estaba la niña del abrigo rojo.
Douma parpadeó, incrédulo. Calculó la distancia milimétrica del muelle a la plaza; era imposible que lo hubiera adelantado sin que la viera correr por la avenida principal. Sintiendo que su lógica estaba siendo desafiada, se plantó frente a ella.
—¿Cómo llegaste aquí antes que yo? —le exigió saber, con la mirada entrecerrada.
La pequeña se limitó a señalar un callejón estrecho lleno de sábanas colgadas a secar. —Por el atajo, señor ninja —dijo con voz angelical antes de escabullirse entre la ropa tendida.
Molesto por no tener la razón, Douma se metió al callejón apartando las sábanas húmedas con brusquedad. Al salir del laberinto de tela, vio a la niña doblando la esquina hacia las escaleras de piedra que subían al distrito alto. Subió los escalones de tres en tres, usando su agilidad shinobi para cortarle el paso. Al llegar a la cima de la colina, jadeando levemente, la vio sentada tranquilamente en el borde del mirador, mirando el paisaje nublado como si llevara horas ahí.
Esto ya rozaba el absurdo. El joven analizó el entorno buscando alguna respuesta lógica. No había nada. Su frustración interna crecía; se exigía ser infalible y una simple civil lo estaba volviendo loco.
—Se acabó el juego. Vas a casa ahora mismo —sentenció, tomándose la situación como un reto personal.
La niña se rió, se levantó de un salto y bajó corriendo por una rampa lateral en dirección a la zona residencial.
Decidido a no fallar otra vez, Douma no la siguió a pie; saltó directamente a los techos para esperarla justo en la entrada de su hogar y acabar con la farsa. Al caer con precisión milimétrica en la esquina de la vivienda, se topó de frente con la niña... que venía saliendo tranquilamente de la cocina masticando una fruta.
Douma se quedó rígido, a punto de reclamarle por usar trucos extraños, cuando un ruido de pisadas apresuradas a sus espaldas lo hizo voltear. Detrás de él, llegando por la calle principal y completamente agitada por venir corriendo desde las escaleras, apareció la misma niña del abrigo rojo.
El joven shinobi se quedó en un silencio sepulcral, mirando a la de la cocina y luego a la de la calle. Vestían exactamente igual, tenían el mismo rostro y ahora mismo se estaban doblando a la mitad de la risa por su cara de confusión. Al verlas juntas, el misterio, las velocidades imposibles y el recuerdo difuso de la madre histérica encajaron de golpe en su cabeza de forma matemática: eran gemelas idénticas.
No estaba enojado, pero sintió esa tremenda frustración de haber corrido por toda Kiri y haber roto sus propios esquemas lógicos por dejarse llevar por los nervios de un cliente y no haber verificado la información.
—Muy chistosas —dijo Douma, acomodándose la chaqueta con desdén pero manteniendo su postura respetuosa—. Entren ya, su mamá está por desmayarse.
Las gemelas, orgullosas de haber burlado a un ninja de la niebla, entraron corriendo a la casa. La madre salió de inmediato, ahogada en llanto, agradeciéndole efusivamente por traer a sus dos hijas a salvo. Douma solo asintió con la cabeza, dio media vuelta y se retiró. Había aprendido que, por más histérico que esté el cliente, la precisión requiere imponerse y preguntar bien antes de actuar. Una misión cumplida era un paso más para dejar esa aldea y conocer el mundo.
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