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Autonarrada grado D Efecto Dominó: Limpieza en el Mercado Sur
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
29-06-2026, 05:04 PM
Última modificación: 29-06-2026, 07:33 PM por Moderador 6.
dia 1ro de primavera año 150

La tela oscura y ceñida del shinobi shozuku se ajustaba a la perfección a su imponente complexión de más de un metro ochenta, moviéndose en total silencio con cada ráfaga de viento. Sus botas tabi se asentaban con firmeza sobre el suelo húmedo y embarrado de los callejones de la periferia, enviando una chispa de vitalidad directa a su espina dorsal. Akira Hyūga no sentía frío; al contrario, lo que llevaba por dentro era un torbellino de fuego, una impaciencia vibrante que rara vez logbaba apaciguar dentro de los muros de su hogar. 

La atmósfera en la residencia del clan a menudo le resultaba demasiado rígida y formal, un desfile de dojos pulcros y etiquetas asfixiantes que chocaban directamente con su naturaleza hosca y pendenciera. Akira prefería el aire libre, el sonido de la calle y la gratificante sensación de la acción real. Por eso, cuando se enteró de que una nueva facción de maleantes estaba intentando extorsionar de nuevo a los trabajadores del Mercado Sur de Konoha, no dudó un segundo en presentarse. Lo movía una imperiosa y genuina necesidad de limpiar la aldea de esa escoria que se aprovechaba de la gente honesta.

A su lado, avanzando con un andar tan silencioso que parecía flotar sobre los escombros, su gato blanco de ojos heterocromáticos lo acompañaba con total tranquilidad. El felino, acostumbrado al temperamento explosivo de su dueño, caminaba con la cola erguida, compartiendo esa sutil expectación por el conflicto que ya se respiraba en el ambiente. Akira estiró los brazos, haciendo crujir las articulaciones de sus hombros con una sonrisa de anticipación.

—La última vez dejamos este lugar casi limpio, amigo —le dijo Akira al felino en un susurro rasposo—. Pero parece que las cucarachas se reproducen rápido si les dejas un solo rincón oscuro. Esta vez nos aseguraremos de barrer el almacén por completo.

Al adentrarse en los callejones colindantes a los depósitos de té de alta montaña del comerciante, el habitual aroma herbal de las hojas secas se mezclaba con el tufo rancio de la negligencia. Sin embargo, lo que detuvo momentáneamente el avance de Akira no fue el olor, sino una silueta humana tirada junto a unos contenedores volcados.

Era Kenji. El mismo delincuente de porra fácil al que Akira había perdonado la vida la semana anterior tras desmantelar a su pequeña banda de ladrones comunes. Pero esta vez, el sujeto no tenía nada de la altanería del pasado; lucía el rostro magullado, la ropa hecha jirones y un temblor de puro pánico recorriendo su cuerpo. Cuando sus ojos desenfocados reconocieron la imponente silueta del joven que vestía el atuendo shinobi, Kenji ahogó un grito, arrastrándose hacia atrás de espaldas.

—¡T-Tú!... El monstruo de la otra vez... —tartajeó Kenji, sujetándose un brazo lastimado—. No entres ahí... Te lo advierto, muchacho. Esta vez no son aficionados como nosotros. Son... los Cobradores de la Sombra. Su líder, Tatsuo, es un tipo peligroso... un alumno al que expulsaron de la academia ninja por violento. Nos dieron una paliza por perder el cargamento de té de la otra vez y ahora van a quemar todo el lugar con el viejo adentro si no les entrega el mercado... Tienen ninjatos y kunais de verdad... niño, te va a matar...

Lejos de asustarse o mostrar preocupación, las palabras de Kenji encendieron una chispa de auténtica emoción en el pecho de Akira. Una sonrisa torcida, cargada de una ironía oscura y desafiante, se dibujó en sus labios. La paliza que le había propinado a los ladrones comunes había generado un vacío de poder, un efecto dominó que había atraído a una escoria mucho más peligrosa y armada. Un fracasado de la academia, criminales resentidos que usaban tácticas militares básicas para extorsionar a los artesanos locales. Para el joven de sangre caliente, aquello no era una complicación; era la oportunidad perfecta. Era el escenario ideal para desatar el verdadero poder del estilo marcial que perfeccionaba día a día, lejos de las miradas críticas de su entorno habitual.

—Un estudiante expulsado, ¿eh? —murmuró Akira, apretando los puños desarmados con entusiasmo—. Excelente. Ya me estaba cansando de ablandar costillas de civiles. Quédate aquí y observa cómo se limpia un vecindario, infeliz.

El Genin avanzó con paso firme hacia la entrada del almacén principal de madera, la tela oscura de su shinobi shozuku camuflándose perfectamente con las sombras del callejón. El gato blanco saltó con agilidad hacia una viga del tejado exterior, colocándose en una posición segura de observación. Akira se detuvo a tres metros de la doble puerta reforzada del edificio. Cerró los ojos por un instante, inhaló el aire húmedo de Konoha para centrar su energía y, abriendo los párpados de golpe, concentró el flujo de chakra directamente hacia sus sienes.

—¡¡BYAKUGAN!! —bramó Akira a pleno pulmón, rompiendo el silencio de la periferia con su característica verborrea dramática y teatral.
Las venas alrededor de sus ojos se hincharon de inmediato, ramificándose con fuerza bajo su piel. El entorno físico perdió sus formas mundanas para transformarse en un mapa tridimensional de corrientes energéticas y transparencias celestes. La agudeza mental del joven, forjada tras incontables horas de sincronización entre cuerpo y mente, fragmentó su percepción en varios focos de atención simultánea. Su mente extendió una red invisible: un hilo de su conciencia se enroscó sobre su propia silueta como una esfera protectora, borrando cualquier punto ciego y permitiéndole anticipar la más mínima perturbación en el aire a su alrededor; al mismo tiempo, otros dos destellos de su mirada perforaron los gruesos tablones de madera del almacén, fijándose como objetivos inevitables sobre las fuentes de energía que se movían en el interior.

A través de la mirada infalible del dōjutsu, Akira analizó la escena. Cinco matones armados con relucientes ninjatos y afilados sais de tres puntas rodeaban al comerciante de té, quien se encontraba atado a una silla en el centro de la sala. Al fondo, un hombre de constitución robusta, que portaba varios kunais pesados atados a sus muslos, caminaba con arrogancia dictando órdenes. Era Tatsuo. Su sistema de circulación de chakra era rústico e incompleto, el reflejo de una instrucción truncada a medias, pero poseía una densidad violenta que delataba su frustración y malas intenciones.

—Seis objetivos en total. Un rehén en el centro. Los canales de chakra de todos están completamente visibles —comentó Akira para sí mismo, adoptando una postura de combate con sus botas firmemente asentadas—. Esto va a ser divertido.

Sin perder un solo segundo, Akira pasó a la ofensiva. No necesitaba armas de metal; sus manos desnudas, forjadas en las disciplinas más rigurosas del estilo marcial de su familia, eran herramientas de precisión interna letales. De una sola patada ascendente, la cerradura de la pesada puerta del almacén estalló en mil pedazos, proyectando astillas hacia el interior y revelando su imponente figura bajo el marco de la entrada.

Los delincuentes se giraron sobresaltados, pero la velocidad de Akira, potenciada por la perfecta lectura de su entorno, ya lo había colocado en medio del primer par de guardias antes de que pudieran levantar sus aceros.

—¡¡ENTABLAR TAIJUTSU!! —anunció Akira con un rugido ensordecedor que hizo eco en las vigas del almacén.

El primer matón reaccionó por instinto, descargando un tajo descendente con su ninjato con intenciones de partirle el cráneo. Para un ojo ordinario, el ataque habría sido letal y veloz; para la percepción del Byakugan, el movimiento era lento, torpe y lleno de aberturas. Akira no se retiró; en su lugar, dio un paso corto y agresivo hacia el frente, invadiendo el espacio del atacante con total desdén por la hoja metálica.

—¡¡JŪKEN!! —exclamó a pleno pulmón, imbuendo la palma de su mano izquierda con el sutil y peligroso flujo del Puño Suave.

Su mano impactó directamente en el centro del pecho del agresor. Exteriormente, el golpe pareció carecer de fuerza física, asemejándose a un toque ligero. Sin embargo, el chakra de Akira, encauzado con una pureza devastadora fruto de su obsesivo entrenamiento en solitario, atravesó los músculos del matón sin causar daños superficiales. La energía detonó con precisión en el corazón de la red circulatoria del oponente, extendiéndose como un veneno invisible que congeló de inmediato todos sus impulsos motrices. No hubo un vuelo espectacular ni un impacto ruidoso; el hombre simplemente dejó caer su espada y se desplomó sobre sus rodillas con los ojos desorbitados, atrapado en el colapso repentino de un cuerpo cuyas funciones vitales habían sido completamente encadenadas desde adentro.

El segundo guardia intentó aprovechar lo que creía que era un punto ciego, lanzando una estocada rápida con su sai hacia el costado de Akira. Pero el joven Genin, cuya mirada mental vigilaba su propia espalda, leyó la trayectoria con total desprecio. Cruzó su antebrazo derecho en un desvío seco y firme.
—¡¡BLOQUEO!! —bramó el shinobi.

Las puntas de acero chocaron contra el brazo de Akira, pero la precencias de laminas de metal que funcionaban como guardas absorbieron el débil impacto. El metal resbaló inofensivamente por la superficie de su extremidad protegida, disipando la fuerza del golpe por completo. Aprovechando el mismo impulso del desvío, Akira giró sobre sus talones y conectó un tajo de palma abierta directo a la mandíbula del agresor. El flujo sutil interrumpió instantáneamente la corriente de los canales que ascendían hacia la cabeza, mandando al matón al suelo, completamente inconsciente, antes de que pudiera asimilar el golpe.

Tatsuo, al ver a dos de sus hombres neutralizados de forma tan brutal y limpia por un muchacho que gritaba los nombres de sus movimientos, sintió cómo una mezcla de rabia y desconcierto lo dominaba.

—¡Es un maldito ninja de la aldea! ¡No dejen que ese niño los toque con las manos limpias! ¡Rómpanle los huesos! —ordenó el líder criminal, desenfundando un par de kunais e iniciando una veloz carrera hacia el centro del almacén, buscando cortar la distancia.

Los tres matones restantes, movidos por el pánico y la desesperación, se lanzaron al unísono contra Akira desde tres flancos distintos. Las hojas cortas y los aceros cruzados convergieron hacia su posición en una ofensiva coordinada de alta velocidad. El viejo comerciante de té cerró los ojos fuertemente, aterrorizado por la inminente masacre.

Sin embargo, en la mirada de Akira solo había una profunda y emocionante calma marcial. El fuego de su pecho había encontrado su máxima expresión. Flexionó las rodillas, bajó su centro de gravedad y extendió sus brazos en una postura circular perfecta que parecía purificar el aire viciado del almacén.

—Han entrado en el área de mi arte —susurró Akira, para luego elevar su voz en un bólido acústico que sacudió la estructura entera—¡¡HAKKE NO JUTSU!! ¡¡OCHO TRIGRAMAS!! ¡¡DIECISÉIS TRIGRAMAS!! ¡¡TREINTA Y DOS TRIGRAMAS!! —bramó Akira con una ferocidad emocionante, completando la danza marcial con una convicción absoluta.

Para Tatsuo y sus hombres, el mundo se transformó en una trampa absoluta. La luz del día pareció desaparecer por completo, y bajo las botas del joven se materializó un gigantesco emblema del Yin Yang resplandeciente, rodeado por los trigramas del Hakke. Una presión gravitatoria insoportable, nacida de la pura proyección de su voluntad marcial, cayó sobre los atacantes. Esta fuerza invisible encadenó sus articulaciones en mitad del aire, despojándolos de cualquier reflejo de defensa y dejándolos completamente suspendidos ante la tormenta que se avecinaba.

Aprovechando su flexibilidad muscular excepcional, las manos desnudas de Akira comenzaron a moverse a una velocidad sobrehumana, trazando arcos perfectos en todas direcciones. De las palmas y las yemas de sus dedos brotaron decenas de finísimas agujas de chakra comprimido, proyectadas con una precisión milimétrica hacia los puntos expuestos de los agresores. Su dominio absoluto del entorno expandió la tormenta de energía a cada rincón del almacén, barriendo todo el espacio disponible.

Las agujas de energía no solo impactaron en los cuerpos de los tres subordinados, sino que perforaron limpiamente las defensas de Tatsuo, quien intentó en vano interponer sus kunais. Esta vez, el flujo interno de su poder no buscó un colapso silencioso en las entrañas de sus rivales; en su lugar, la técnica se manifestó como una ráfaga de viento afilado que estalló hacia el exterior. Las agujas invisibles abrieron micro-cortes perfectos a lo largo de la piel y las ropas de los delincuentes, desgarrando su capacidad de combate en un castigo lacerante que derramaba su vitalidad a cada segundo. Cada impacto era un eslabón más que consolidaba el dominio absoluto de Akira sobre el campo de batalla.

Tatsuo recibió el impacto de la última oleada de los treinta y dos trigramas. Las agujas de chakra le destrozaron los canales de los brazos, las piernas y el torso, interrumpiendo por completo su precaria circulación y provocando que sus armas cayeron al suelo con un tintineo seco. El líder de los Cobradores de la Sombra colapsó sobre las tablas de madera, cubierto de heridas finas que mermaban sus fuerzas de forma sostenida, con su rudimentaria red de energía totalmente inutilizada y sumido en un dolor intolerable. Los otros tres matones yacían a su alrededor, completamente neutralizados y derrotados por la arrolladora técnica del Genin.
El silencio regresó al almacén, quebrado únicamente por los lamentos ahogados de los criminales vencidos y el aroma reconfortante del té Matcha que había sido salvado de la quema.

Akira exhaló un largo suspiro de satisfacción, disipando la tensión de su mirada. Las venas de sus sienes se deshincharon lentamente, devolviendo a sus ojos su aspecto habitual. El fuego que lo carcomía se había transformado en una reconfortante sensación de logro; había limpiado el lugar de escoria y había puesto a prueba sus habilidades en un combate real.

—G-Gracias... muchacho... —alcanzó a decir el comerciante de té, con lágrimas de alivio en los ojos mientras intentaba soltarse de las cuerdas—. Has salvado mi vida y el mercado entero de esos extorsionadores...

Akira avanzó hacia el anciano para liberar sus ataduras con un golpe preciso de sus dedos. Una pequeña sonrisa hosca, pero auténtica, apareció en su rostro mientras su gato blanco descendía de las vigas con un salto ágil, acurrucándose junto a sus botas tabi.

—Recoge tus cosas y refuerza los accesos —le indicó Akira con su voz rasposa, mostrando su firme compromiso por proteger a los habitantes trabajadores de su aldea—. Esta escoria no volverá a caminar por este mercado en un buen tiempo. Te ayudaré a acomodar el cargamento exterior. Tenemos un trabajo que terminar.
Akira se sentía renovado. Sabía perfectamente que su verdadero desarrollo y su valor como shinobi de Konoha no se demostrarían repitiendo posturas vacías en la comodidad del dojo, sino limpiando las calles a puño limpio con la determinación inquebrantable de sus propias manos.
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