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  ›   [Misión Simple] [Autonarrada] [D] El Puente que Cruje.
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[Autonarrada] [D] El Puente que Cruje.
Kaguya Kuren
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24-06-2026, 10:06 PM
La misión decía “reforzar una estructura de paso dañada”. Eso era una forma muy elegante de decir que me habían mandado a cuidar un puente viejo para que los idiotas no se cayeran al canal.
«Magnífico.»
Caminé con la lluvia golpeándome la cabeza y la ropa pegada a la piel. Era esa clase de lluvia persistente y fina, sin fuerza pero con la paciencia necesaria para arruinarlo todo. Las calles olían a madera húmeda, pescado viejo y piedra mojada. El tipo de olor que uno terminaba asociando con la aldea.
El puente no tardó en aparecer. Estaba tendido sobre uno de los canales secundarios, no muy lejos de una hilera de almacenes pequeños y viviendas viejas. A simple vista no parecía gran cosa. Madera oscura, barandas bajas, cuerdas laterales y una base de piedra en ambos extremos. Pero bastaba acercarse un poco para notar el problema: el puente se inclinaba apenas hacia un lado. Algunas tablas estaban hinchadas por la humedad y otras se hundían en el centro como si hubieran empezado a pudrirse desde dentro. Los soportes crujían aunque nadie estuviera encima.
Y luego estaban las piedras. Me agaché junto a una de las bases, apoyé los dedos contra una grieta negra y presioné. La piedra cedió. No se quebró con fuerza ni ofreció resistencia. Simplemente se deshizo un poco bajo mis dedos, convirtiéndose en polvo húmedo y granos oscuros que se quedaron pegados a mi piel. Me quedé mirando aquello durante unos segundos.
«Otra vez. Es como el día de la desaparición del Daibune, en aquella caverna entre la Torre de Vigía y el Cementerio de la Marea Roja.»
La plaza hundiéndose. La costa rota. Las rocas marinas reduciéndose en la mano de Kaito Hoshigaki. Y ahora un puente que, según los vecinos, había estado bien hace unas semanas.
«Desgaste, lluvia y falta de mantenimiento... que se lo crea otro.»
Un viejo encargado de la zona, con un impermeable demasiado grande y cara de no haber dormido bien en años, se acercó desde el lado de los almacenes. Me señaló el puente con una tablilla mojada.
—No puede cruzar nadie. Los obreros vienen en camino, pero tardarán. Usted debe cortar el paso y evitar accidentes.
—Eso ya lo leí.
—También debe reforzar la estructura si empieza a ceder.
Miré el puente. Luego al viejo. Luego otra vez el puente.
—¿Y si se cae?
El hombre tragó saliva.
—Procure que no haya nadie encima.
«Sin quejas por mi parte.»
Lo primero fue bloquear el paso. Arrastré dos cajas vacías, una barrera de madera y un par de barriles hasta colocarlos delante del acceso. No era una muralla, pero bastaba para dejar claro que cruzar era mala idea. A algunos vecinos se lo tuve que explicar con palabras. A otros, con la mirada. La mayoría entendió rápido.
Después revisé los soportes. No tenía herramientas de obrero ni ganas de convertirme en uno, pero sí tenía hilo metálico, cuerda y fuerza suficiente para improvisar algo que no matara a nadie de inmediato. Até un extremo del hilo a uno de los postes más firmes del lado este, lo pasé bajo la baranda y lo tensé hacia una viga lateral. Luego reforcé el otro lado con cuerda común, ajustando nudos feos pero útiles. No iba a arreglar el puente. Solo impedir que cediera antes de que llegaran quienes sí sabían de esas cosas.
Mientras trabajaba, el puente soltó un crujido largo y bajo.
—No me hagas esto —murmuré.
Entonces escuché risas y tres hombres aparecieron desde la calle de los almacenes. Venían empapados y tambaleándose. Olían a licor incluso con la lluvia encima. Uno era alto y flaco, con una botella en la mano. Otro llevaba una barra de metal al hombro. El tercero tenía la nariz roja, los ojos pequeños y una sonrisa de imbécil profesional.
—¡Eh! —gritó el de la botella—. Quítanos esa mierda del camino.
Seguí ajustando la cuerda.
—No.
—Tenemos que cruzar.
—No.
—Es el camino más corto.
—Entonces busquen el segundo más corto.
El de la barra de metal dio un paso hacia la barrera.
—Mocoso, no estamos de humor.
Me puse de pie despacio y sonreí.
«Gracias.»
De verdad. Después de pasar media hora cuidando un puente, necesitaba que alguien fuera lo bastante estúpido como para regalarme una excusa.
—El puente está cerrado —dije—. Si cruzan, puede ceder. Si cede, se caen. Si se caen, tengo que sacarlos. Y si tengo que meterme al canal por culpa de tres borrachos, voy a estar de muy mal humor.
El de la nariz roja soltó una carcajada.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Pedirnos por favor?
El de la barra golpeó una de las cajas vacías que había puesto como barrera. La madera se desplazó unos centímetros. El puente respondió con otro crujido.
Avancé antes de que pudiera levantar la barra otra vez. Le tomé la muñeca con una mano, giré el brazo hacia afuera y le hundí la rodilla en el estómago. No con toda la fuerza. Solo la suficiente para que se doblara y soltara el aire como un fuelle roto. La barra cayó al barro.
El de la botella intentó golpearme de lado. Me incliné, dejé que el brazo pasara por encima de mi hombro y le di un golpe seco en la mandíbula con el dorso de la mano. La botella salió volando, rebotó contra una piedra y se rompió.
—Qué desperdicio —dijo el tercero.
Luego intentó correr hacia el puente.
«Ugh.»
Lo alcancé por la espalda antes de que pisara la primera tabla. Lo tomé del cuello de la ropa y tiré hacia atrás. El hombre agitó los brazos, perdió el equilibrio y cayó sentado en el barro.
—¿Todo esto para ir a beber más? —pregunté.
El de la nariz roja levantó un dedo.
—Beber mucho más.
El primero, todavía encorvado, intentó recuperar la barra. Antes de que pudiera tocarla, saqué un hueso corto de la palma, blanco y afilado, apenas lo suficiente para que entendiera el mensaje. El hombre se quedó quieto.
—Hazlo —le dije—. Dame una razón.
Por desgracia, no me la dio. Aunque estoy bastante seguro de que me hubieran sancionado por herir de gravedad a un civil.
Los até con cuerda al poste de una farola cercana. No muy fuerte. Lo justo para que no volvieran a molestar antes de que llegara la guardia. El viejo encargado observaba desde cierta distancia, pálido, empapado y claramente dudando si agradecerme o fingir que no había visto nada.
—Están vivos —dije.
—Eso... eso es bueno.
—Meh.
El puente volvió a crujir. La pelea, aunque corta, había movido demasiado la zona de acceso. Una de las bases laterales se había hundido un poco más. La piedra negra seguía deshaciéndose donde el agua caía desde una grieta del canal. Me agaché, tomé otro fragmento y lo apreté.
Polvo. Otra vez. Guardé silencio. Luego arrastré otra de las cajas hasta la base debilitada, la vacié sin demasiada delicadeza y usé la madera como apoyo temporal. Coloqué cuñas entre la caja y el soporte inferior, tensé el hilo metálico otra vez y aseguré la baranda con un nudo doble. No era bonito, pero el puente dejó de inclinarse un poco más.
Unos minutos después llegaron dos obreros con herramientas y tres guardias. Los obreros revisaron el puente. Los guardias revisaron a los borrachos. Uno de ellos me preguntó qué había pasado.
—Intentaron cruzar.
Miró a los hombres atados.
—¿Y?
—No cruzaron.
El guardia me observó durante un segundo. Luego decidió no preguntar más. El viejo encargado firmó el comprobante de misión con manos temblorosas. Me agradeció algo sobre evitar un accidente, proteger a los vecinos y actuar con rapidez. Yo apenas escuché la mitad. Seguía mirando la base de piedra del puente. La lluvia caía sobre ella y arrastraba pequeños hilos oscuros hacia el canal.
Me limpié los dedos contra el pantalón, pero los granos negros siguieron pegados a la piel.
«Algo está mal con Kirigakure.»
Me guardé el pensamiento. Después tomé la hoja firmada, pasé junto a los borrachos y me detuve apenas un instante.
—La próxima vez usen otro puente.
El de la nariz roja me miró desde el barro.
—¿Cuál?
Miré hacia atrás. El puente crujió otra vez, más bajo, casi como si contestara por mí.
—Quizá sea mejor una balsa.
Y me marché antes de que alguien decidiera que todavía me necesitaban por allí.
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26-06-2026, 10:57 PM
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