Akira se detuvo en el centro del salón, dejando que las últimas notas de su silbido se apagaran. Acababa de concluir una rigurosa rutina de calentamiento; su piel lucía una fina capa de sudor que brillaba bajo la luz translúcida y su respiración, aunque profunda, ya había recuperado su ritmo imperturbable. Para esta sesión, había dejado de lado la opulencia de sus ropas aristocráticas y se había enfundado en un riguroso shinobi shōzoku de color azul marino, tan oscuro que absorbía la luz como si fuera negro. La chaqueta (uwagi) se ceñía firmemente a su torso, revelando los eslabones ocultos de una malla metálica ligera, mientras que los pantalones holgados colapsaban en sus pantorrillas, perfectamente sujetos por las bandas de tela kyahan. Sin embargo, fiel a su rechazo por el protocolo absoluto y demostrando su buen ánimo, Akira había decidido prescindir de la capucha y la máscara (fukamen). Su rostro estaba al descubierto, enmarcado por los mechones rebeldes de su cabello, y sus facciones relajadas cargaban esa habitual chispa de cinismo callejero.
Miró de reojo sus propias manos. Los vendajes limpios y apretados protegían sus muñecas y palmas, dejando únicamente las yemas de sus dedos expuestas. Un ligero fastidio de carácter existencial le ensombreció la mirada por un instante. Odiaba admitirlo —le revolvía el estómago la pomposidad con la que los ancianos del clan hablaban de ello—, pero el Estilo del Puño Suave (Jūken) era jodidamente importante. Había una verdad innegable en la precisión quirúrgica de golpear la red de chakra, una belleza técnica que requería dedicación absoluta. Y él estaba dispuesto a dársela; entrenaría hasta que sus dedos se movieran por puro instinto reflejo. Pero ahí radicaba su dilema moral y práctico: usar una disciplina tan devastadora y noble en las peleas de bar a las que solía acudir para desfogar la adrenalina acumulada... simplemente no le parecía justo. Aquellos borrachos corpulentos, estibadores del puerto y matones de medio pelo merecían un buen puñetazo en la mandíbula o una bota en las costillas, no que les colapsaran los órganos internos con un toque cargado de chakra. El bar era para el desorden visceral; la Academia era para la técnica.
Con un suspiro que disipó la seriedad de sus pensamientos, Akira caminó hacia una de las esquinas del salón, aproximándose a los postes de impacto (makiwara). El grueso tronco de roble, envuelto fuertemente en ásperas cuerdas de cáñamo, mostraba marcas oscuras de impactos previos de otros estudiantes. Akira adoptó una postura semi-abierta, midió la distancia con la mirada fija en las fibras deshilachadas del poste y descargó una ráfaga corta de dos impactos con la punta de sus dedos, buscando proyectar su chakra de forma interna.
El sonido resultante fue un chasquido seco, sordo. Akira retrocedió un paso y bajó las manos, frunciendo el ceño con evidente decepción. Las makiwaras eran excelentes para endurecer los nudillos de los practicantes del Puño Fuerte, pero para la sutil y profunda vibración que requería el Jūken, eran un estorbo inerte. La madera rígida no replicaba la resistencia elástica de los canales de chakra de un cuerpo vivo; golpear ese bloque de roble era como intentar escuchar un eco dentro de una tumba de piedra. Para su pesar, la Academia se le estaba quedando corta en equipamiento para lo que él verdaderamente necesitaba emular.
—Madera muerta... —murmuró Akira para sí mismo, dedicándole una sonrisa torcida y burlona al poste mientras se cruzaba de brazos—. Un saco de boxeo ordinario tiene más maldita gracia que esto. Supongo que tendré que buscar un lienzo de carne y hueso si de verdad quiero afilar los dedos hoy.
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