Año: 150
Lugar: Bosque de la Muerte, Konohagakure
Hora: 7:00 p. m.
Petición: Aquí
Uno de los cinco ya estaba muerto. La cabeza, la daga y la pulsera de cuero habían sido prueba suficiente. El especialista en taijutsu no volvería a romper costillas en los caminos del País del Fuego. El problema era que todavía quedaban cuatro bandidos de los que hacerse cargo. Y el segundo no tardó en hacerse notar.
La mañana siguiente a la muerte del primero de los bandidos, un comerciante llegó a Konoha con una carreta vacía, dos caballos nerviosos y una nota clavada en la madera con un kunai chamuscado. Según explicó, alguien lo había detenido cerca de una ruta secundaria, le había permitido marcharse y le había ordenado llevar el mensaje hasta la aldea.
La nota era breve.
“Al shinobi que haya logrado asesinar a Kumoto, te lo agradezco.”
No había firma.
Solo una marca quemada en la esquina inferior del papel.
El bosque te recibió con humedad, sombra y un olor débil a tierra removida. La luz del sol pronto daría paso a la de la luna. Las hojas bajo tus pies estaban mojadas en algunos puntos y secas en otros, de una forma que no parecía del todo natural. Había ramas partidas cerca del sendero. Pequeñas marcas negras en algunos troncos. Restos de ceniza vieja junto a raíces cubiertas de musgo.
Fuera quien fuera el segundo, supiste que quería ser seguido.
El olor a humo apareció antes que el claro.
No era fuerte. Apenas una capa fina debajo del olor húmedo del bosque. Humo viejo, aceite y hojas secas.
El claro era amplio, irregular, rodeado por troncos altos y raíces gruesas. En el centro había una roca plana. Sobre ella, sentado con una pierna cruzada y la otra apoyada en el suelo, esperaba un hombre extremadamente delgado, con el torso desnudo, un tatuaje difuminado sobre su cabeza pelada y ropa gastada. Tenía una máscara roja de cuervo colgada de la cintura y varias vendas alrededor de los antebrazos. No parecía fuerte como el primero.
El hombre levantó la mirada.
—Konoha sí que trabaja rápido —dijo, sin moverse de la roca—. Pensé que tardarían más.
Una brisa leve movió las hojas del claro.
—Puedes entrar —añadió el bandido—. O puedes quedarte ahí.
El bosque guardó silencio.