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[Misión - Rango E] El Orden del Metal
Naoe Senju
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18-06-2026, 12:36 PM
Última modificación: 18-06-2026, 12:36 PM por Naoe Senju.
Aprobación de misión

MISION 1:El Orden del Metal
  • Rango: E (Normal / Con Narrador)
  • Ubicación: Subterráneos del Distrito Militar, Konoha.
  • Descripción y Objetivo: Un lote de armamento antiguo (katanas de práctica, puntas de kunai desafiladas, arcos y cuerdas de repuesto) ha sido extraído de los búnkeres de reserva profunda para ser evaluado. El objetivo de Naoe es realizar una auditoría rigurosa: limpiar el polvo y el óxido superficial de las piezas, contar y catalogar minuciosamente cada elemento en el registro oficial, y separar el material que deba ser fundido del que aún es apto para el entrenamiento de los reclutas.
  • Interés para Naoe: Esta tarea encaja perfectamente con su meticulosidad, su doctrina de orden militar y su especialización en Bukijutsu (Esgrima/Armas). Naoe tratará el armamento con parsimonia, respeto y una pulcritud extrema, asegurándose de que los informes sean impecables.
  • Notas para el Narrador (Ganchos de trama): El Máster puede intervenir introduciendo anomalías en el inventario: katanas con extrañas marcas o muescas que sugieran un sabotaje antiguo, un descuadre numérico que obligue a Naoe a buscar una pieza faltante en las zonas más oscuras y polvorientas del almacén, o la interferencia de algún burócrata militar obstinado que le ponga trabas con el papeleo.


Lugar: Oficinas de Asignación Logística y Almacenes Subterráneos, Distrito Militar.
Hora: 08:30 AM.


El crujir de la madera vieja y el eco monótono de las botas militares contra el suelo de piedra reforzada eran los únicos sonidos que alteraban la tensa calma del pasillo logístico. Para cualquiera, descender a las profundidades del Distrito Militar de Konoha resultaba una experiencia sofocante, un recordatorio constante de que la aldea no era más que una fortaleza claustrofóbica aislada del mundo exterior. Para Naoe, sin embargo, aquel ambiente rígido, impregnado del olor a grasa para engranajes, pergaminos resecos y metal frío, representaba el estado natural en el que las cosas debían operar: el orden absoluto.

El Senju avanzaba con una postura impecable, la espalda perfectamente recta y la mano izquierda descansando con total parsimonia cerca de la empuñadura de su espada, asegurándose de que el dobladillo de su uniforme luciera pulcro y libre de las motas de polvo flotantes. En su mano derecha portaba una tablilla de madera con un fajo de hojas en blanco y un tintero portátil de viaje. Acababa de sellar su firma en los registros oficiales superiores. La orden del día era clara y, aunque para la mayoría de los jōnin representaba una mera tarea de intendencia de rango menor, para él constituía una sagrada labor de preservación estructural.

-Un filo mellado es una debilidad en el muro; un informe impreciso, un fallo en la estrategia-, pensó el joven Senju, deteniéndose ante la pesada compuerta de hierro fundido que custodiaba el acceso a los búnkeres de reserva profunda del subsuelo.

Al empujar la puerta, una densa bocanada de aire viciado, cargado con el inconfundible aroma del óxido superficial y la humedad acumulada durante décadas, lo recibió. Frente a él se extendían largas mesas de trabajo iluminadas por parpadeantes lámparas de aceite, sobre las cuales descansaban pesados cajones de madera rústica traídos desde las cámaras de almacenamiento más bajas. Dentro de ellos se aglomeraba un lote caótico de armamento antiguo: katanas de práctica desprovistas de su brillo original, puntas de kunai desafiladas por el tiempo, arcos de madera reseca y rollos de cuerdas tensoras deshilachadas.

Naoe arqueó levemente una ceja, denotando un silencioso descontento ante la falta de cuidado con la que aquel material militar había sido amontonado. Con movimientos pausados y ceremoniales, depositó su tablilla en una esquina despejada de la mesa principal. Sacó un paño de lino blanco inmaculado de su equipo y se remangó los puños de la casaca con obsesiva simetría.

—Comencemos —pronunció para sí mismo, su voz limpia y pausada disolviéndose en la penumbra del sótano.

Tomó la primera katana del montón, analizando la curvatura de la hoja muerta bajo la débil luz de la lámpara. Con movimientos precisos y milimétricos, comenzó a retirar la capa superficial de polvo, evaluando con ojo clínico si el metal aún conservaba la integridad estructural necesaria para ser pulido y entregado a los reclutas de la academia, o si su destino final sería el crisol de la fundición para forjar nuevas herramientas defensivas. Cada pieza requería un juicio; cada veredicto debía quedar anotado con caligrafía pulcra e impecable en el registro oficial.

Sin embargo, a medida que sus dedos enguantados se deslizaban por los mangos desgastados y las hojas polvorientas, una sutil sospecha comenzó a rondar su mente analítica. El subsuelo de la fortaleza guardaba muchos secretos, y el inventario oficial no siempre coincidía con la fría realidad del acero olvidado. Con la guardia alta y los sentidos atentos al más mínimo crujido en la oscuridad de los pasillos contiguos, Naoe continuó su minuciosa auditoría, esperando que la burocracia militar o los propios misterios del búnker dictaran el siguiente paso del día.
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18-06-2026, 03:15 PM
Las profundidades del Distrito Militar rara vez recibían visitas. Incluso dentro de una aldea ninja tan activa como Konoha, existían lugares olvidados por el flujo cotidiano de misiones, entrenamientos y patrullas. Los búnkeres de reserva profunda eran uno de ellos entre otros alcobijos más ocultos de los cuales no todo el mundo estaba al tanto.

Para Naoe, las horas comenzaron a transcurrir lentamente bajo esa luz temblorosa de las lámparas de aceite, y el silencio, en ese lugar, sólo era interrumpido por el roce de los paños sobre el metal, el crujido ocasional de la madera envejecida y el sonido de páginas siendo llenadas con anotaciones meticulosas. Caja tras caja fueron siendo abiertas, entre diferentes tipos de hojas, espadas, katanas, kunais. De buenas a primeras las irregularidades parecían insignificantes.

Encontro cosas como un arco catalogado en los registros aparecía almacenado en un cajón diferente al indicado, o una cuerda de repuesto figuraba dos veces en una lista antigua. Eran errores administrativos, descuidos que seguramente se habían ido acumulando durante décadas... O al menos eso parecía.

A media mañana, un anciano funcionario descendió por las escaleras de piedra acompañado por el tintineo de un enorme manojo de llaves. Era uno de aquellos empleados civiles que llevaban más tiempo en el distrito militar que muchos jōnin en servicio, con un rostro cubierto de arrugas y el ceño fruncido. Su expresión se endureció al observar la cantidad de documentos desplegados sobre las mesas.

— ¿Quién autorizó una revisión tan exhaustiva...? —murmuró mientras revisaba algunos formularios.

El hombre no parecía contento con la labor con esos refunfuños, pero no parecía que era algo exclusivo en contra de Naoe. Durante varios minutos el hombre examinó sellos, firmas y autorizaciones sin cruzar mucha palabra con Naoe, casi parecia que estaba buscando alguna excusa para cuestionar el procedimiento. Cada vez que encontraba una anotación perfectamente cumplimentada por los medios correctos, fruncía más el ceño.
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18-06-2026, 05:29 PM
El rítmico rasgueo de la pluma de Naoe sobre el pergamino oficial se detuvo en seco en el mismo instante en que el primer tintineo metálico reverberó en la escalera de piedra. No hizo un movimiento brusco; su mano izquierda continuó apoyada con total parsimonia sobre el escritorio de madera vieja, manteniendo la guardia alta de forma instintiva. Aquellas profundidades eran propensas a albergar el eco de secretos olvidados, pero el patrón rítmico e irregular de las pisadas que se aproximaban delataba a un civil de avanzada edad, no a una amenaza militar.

Cuando la figura encorvada del anciano funcionario irrumpió en la penumbra del búnker, Naoe enderezó su ya de por sí impecable postura. Sus ojos, imperturbables como el acero que acababa de limpiar, recorrieron al recién llegado, analizando el descontento impreso en cada una de sus arrugas. Los refunfuños del hombre llenaron el viciado aire del sótano, quejándose de una labor que, a todas luces, alteraba la parsimonia de su descuidada rutina.

—«¿Quién autorizó una revisión tan exhaustiva...?» —el murmullo del burócrata no alteró el pulso del joven Senju.

Naoe esperó con una paciencia ceremonial mientras el anciano manoseaba los documentos, buscando con desespero un error, un sello mal colocado o una firma ausente que le permitiese cancelar el procedimiento. Sin embargo, los informes de Naoe eran un reflejo exacto de su propia doctrina: la caligrafía era milimétrica, las autorizaciones del alto mando logístico estaban triplicadas y cada folio contaba con el cuño oficial correspondiente al protocolo de la fortaleza. Ver el ceño del hombre fruncirse más ante la ausencia de fallos provocó un imperceptible y frío matiz de satisfacción en la mirada del shinobi.

Cuando el funcionario pareció quedarse sin argumentos burocráticos, Naoe inclinó la cabeza hacia el frente con una cortesía estrictamente formal, desprovista de cualquier calidez pero cargada de una sutil exigencia.

—La orden de auditoría fue expedida por el departamento de intendencia del Distrito Militar a primera hora de la mañana, señor —respondió Naoe. Su voz resonó limpia y pausada, rompiendo la tensión del lugar—. Mi deber es asegurar que el inventario real coincida de forma exacta con los registros de la fortaleza. Un arco catalogado en un búnker equivocado o una cuerda de repuesto duplicada en listas antiguas pueden parecer minucias administrativas sobre el papel... pero en una situación de despliegue inmediato o de asedio, la imprecisión logística cuesta vidas. El metal de Konoha debe estar tan ordenado como sus murallas.

Sin esperar una réplica que justificara las décadas de descuidos acumulados por la administración civil, Naoe dio un paso hacia el siguiente cajón de madera rústica, manteniendo el lino blanco firmemente sujeto entre sus dedos enguantados. Tomó un kunai de punta roma, inspeccionando el grado de desgaste de su aleación antes de asentarlo sobre la mesa de clasificación.

—Si sus comprobaciones han concluido y los sellos de la tablilla están en orden, procederé con el lote de armas arrojadizas —añadió, invitándolo implícitamente a no entorpecer el flujo de trabajo militar—. Aún quedan tres secciones por catalogar antes de que las lámparas consuman su aceite.

Con una precisión casi maquinal, el Senju volvió a mojar la punta de su pluma en el tintero de viaje. No iba a permitir que la desidia de la vieja burocracia contaminara la pulcritud de su informe, prestando especial atención a esas pequeñas irregularidades en las cajas de armamento, atento a si el caos era producto de la simple pereza... o si alguien había intentado ocultar algo entre el polvo del subsuelo.
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19-06-2026, 12:04 AM
Los dedos del anciano, deformados por la edad y décadas de trabajo entre archivos y pergaminos, continuaron descansando sobre la tablilla mientras sus ojos recorrían nuevamente las páginas. Finalmente levantó la vista y sus ojos se estrecharon ligeramente dejando que el silencio se prolongase algunos instantes más.

Luego, poco a poco, las arrugas alrededor de su boca se acomodaron en una sonrisa. Era una sonrisa educada, algo forzada.

— Por supuesto. Por supuesto.

El hombre asintió varias veces mientras devolvía los documentos a su lugar.

— No puedo discutir con alguien que conoce los reglamentos mejor que quienes los escriben.

La risa que siguió fue breve y carente de auténtica diversión.

El viejo guardó las manos dentro de las mangas de su vieja túnica administrativa y observó el movimiento constante de la pluma, las armas clasificadas y las columnas de números que continuaban creciendo sobre las hojas de inventario, habían pasado varias horas desde el inicio de la auditoría y ahora hasta la luz de las lámparas había cambiado un poco a medida el aceite descendía lentamente en los depósitos de cristal.

El polvo removido de entre toda la labor flotaba en finas capas visibles bajo la iluminación amarillenta, y por un momento el funcionario pareció notarlo.


— Dicho esto... Lleva trabajando aquí abajo bastante tiempo.

Su tono adoptó una cordialidad estudiada.

— Las auditorías extensas suelen prolongarse más de lo previsto. Los ojos se cansan y la concentración se desgasta con el pasar del tiempo, creeme sé de lo que hablo. Incluso los mejores terminan pasando cosas por alto cuando llevan demasiadas horas revisando números.

Se apartó unos pasos de la mesa y señaló con un gesto despreocupado hacia la escalera que conducía a los niveles superiores.

— ¿Por qué no te tomas un descanso? Ven conmigo y te puedo servir algo de la cocina militar. Té. Café. Quizá algo para comer.

El homber continuó hablando con esa voz cansada.

— No hay ninguna prisa real. Es material que lleva décadas acumulando polvo. Una pausa de unos minutos no cambiará nada.

Mientras hablaba, sus ojos recorrieron brevemente las cajas abiertas viendo los montones de armas clasificadas, viejas y en diferentes estados, eventualmente dejando que su mirada cayese sobre las listas que habían ido siendo completadas ya.
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19-06-2026, 02:11 PM
La parca y breve risa del anciano funcionario golpeó las húmedas paredes del búnker antes de disolverse en el silencio de las profundidades. Naoe no alteró su ritmo. Sus ojos permanecieron fijos en el pergamino de inventario mientras la punta de su pluma trazaba una línea perfecta, cerrando el recuento de la sección de kunais desafilados. Aquella cordialidad estudiada que el civil acababa de adoptar, tan repentina como forzada, activó de inmediato las alertas tácticas del joven Senju. En la rígida doctrina militar de la fortaleza de Konoha, los cambios drásticos de actitud rara vez obedecían a la genuina empatía; solían ser el preludio de una distracción.

—¿Por qué no te tomas un descanso? Ven conmigo y te puedo servir algo de la cocina militar... —las palabras del burócrata resonaron con un tono cansado, casi paternal.

Naoe detuvo la pluma con sutil parsimonia y la depositó con exactitud matemática sobre el soporte de madera. Con un movimiento fluido, levantó la mirada para encontrarse con los ojos del funcionario. La iluminación amarillenta de las lámparas de aceite, cuyo nivel descendía lentamente en los depósitos de cristal, dibujaba sombras alargadas sobre el rostro arrugado del hombre, pero también ponía al descubierto la dirección exacta de sus pupilas: el viejo no miraba la escalera, miraba las listas completadas y el fondo de los cajones aún sin catalogar.

—Agradezco su consideración, señor —respondió Naoe, su voz limpia y pausada portando una honestidad tan transparente como gélida—. Sin embargo, un shinobi en servicio no interrumpe una asignación logística basándose en el desgaste de su concentración. El cansancio de los ojos es una debilidad que se corrige con disciplina, no con pausas.

El joven Senju se ajustó el lino blanco del guante izquierdo, manteniendo su postura impecable y la guardia alta, sopesando las intenciones ocultas tras la invitación a tomar té o café. El Senju era incapaz de formular una falsedad, y la cruda realidad de sus sospechas tiñó sus siguientes palabras con una cortesía milimétrica pero cortante.

—Afirmar que una pausa de unos minutos no cambiará nada porque este material lleva décadas acumulando polvo es, precisamente, el tipo de pensamiento que debilita los cimientos de este refugio. Si el descuido administrativo se tolera bajo el pretexto de que "no hay prisa real", el caos se normaliza. Y el caos, en el Distrito Militar, roza el sabotaje.

Sin apartar la vista del anciano, Naoe extendió la mano derecha y arrastró hacia el centro de la mesa de trabajo el siguiente cajón de madera rústica, el cual había permanecido más rezagado en la penumbra. Al remover la pesada tapa, una nueva y densa capa de polvo flotó bajo la luz parpadeante. El filo del metal olvidado en el fondo del contenedor aguardaba su inspección.

—Mi deber concluye cuando el registro oficial sea un reflejo indiscutible de la realidad física de estos búnkeres —concluyó Naoe, invitando con su tono imperturbable a que el burócrata desistiera de sus intentos de moverlo del lugar—. Continuaré con la siguiente sección. Si desea retirarse a la cocina militar, no es necesario que espere a que consuma el aceite de las lámparas.

Con una precisión casi coreografiada, el Senju tomó una vieja katana de entrenamiento cuyo pomo presentaba un desgaste irregular. El sutil nerviosismo del funcionario solo había conseguido una cosa: que los dedos de Naoe, ahora más meticulosos que nunca, palparan cada milímetro de acero en busca de la anomalía exacta que el viejo tanto ansiaba ocultar.
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19-06-2026, 02:37 PM
La sonrisa del anciano sobrevivió apenas unos segundos después de escuchar la respuesta; primero se tensó, y luego perdió parte de aquella cordialidad artificial que había intentado mantener y finalmente terminó reducida a una línea cansada escondida entre las arrugas de su rostro. Permaneció observando la mesa de trabajo durante varios segundos más, recorriendo con la vista las hojas perfectamente alineadas, los registros corregidos y las armas clasificadas que se acumulaban en grupos cada vez más ordenados. Las correcciones que iban apareciendo entre los documentos parecían molestarle más de lo que estaba dispuesto a admitir. Expulsó aire por la nariz en un breve resoplido y acomodó nuevamente las mangas de su túnica.

— Sí, sí... Disciplina. Deber. Orden. Los jóvenes siempre creen que pueden imponerse a todo eso con suficiente voluntad.

Sacudió lentamente la cabeza mientras hablaba, y por primera vez la irritación comenzó a filtrarse a través de la máscara burocrática que había llevado puesta desde que descendió al almacén. Observó otra vez los formularios, las columnas de números y las anotaciones que evidenciaban errores acumulados durante años.

— Lleva unas horas aquí abajo y ya habla como si fuera a reorganizar todo el lugar él solo.

Sus ojos se estrecharon ligeramente.

— Haga lo que quiera. Pero llegará un momento en que los números se mezclen, las letras se confundan y empiece a cometer errores como cualquier otra persona. Todos los hacen.

Aquello sonó menos como una observación objetiva y más como una necesidad personal, como si intentara convencerse a sí mismo de una verdad que deseaba ver confirmada. El hombre permaneció inmóvil algunos segundos más, aguardando quizá una reacción que nunca llegó. Finalmente emitió un gruñido apenas audible y giró sobre sus talones.

Las llaves colgadas de su cinturón tintinearon mientras se alejaba entre las filas de mesas y cajas abiertas. Sus pasos resonaron sobre la piedra húmeda del almacén, lentos y pesados, perdiéndose gradualmente entre los ecos del subsuelo. Sin embargo, antes de alcanzar la escalera que conducía a los niveles superiores, se detuvo por un instante. No llegó a darse la vuelta, pero su cabeza giró apenas unos grados hacia una sección concreta del búnker. Fue una mirada breve, casi involuntaria, tan rápida que fácilmente podría haber pasado desapercibida para cualquiera que no estuviera atento. Precisamente por eso resultó reveladora. No era la mirada de alguien inspeccionando el almacén. Era la de alguien verificando algo. O asegurándose de algo.

La pausa apenas duró un segundo. Después continuó su marcha sin añadir una sola palabra más. El sonido de sus botas desapareció escalón tras escalón y, poco después, el eco metálico de una pesada puerta cerrándose recorrió las galerías subterráneas. El silencio regresó entonces al almacén con más fuerza que antes.
Las lámparas continuaban crepitando suavemente mientras el polvo suspendido seguía flotando bajo la luz amarillenta. La zona hacia la que el funcionario había dirigido aquella fugaz mirada permanecía sumida en la penumbra. Allí, las estanterías parecían más antiguas que las del resto del complejo. La madera mostraba grietas profundas provocadas por la humedad y el paso de los años. Muchas etiquetas estaban tan desgastadas que resultaban ilegibles; otras habían desaparecido por completo, arrancadas de forma tan limpia que difícilmente podía atribuirse al deterioro natural.

Mientras la auditoría avanzaba hacia el siguiente lote de armamento, una nueva irregularidad comenzó a manifestarse. La katana extraída del cajón más reciente presentaba un desgaste extraño en el pomo. No tenía el aspecto del uso prolongado ni del deterioro causado por décadas de almacenamiento. Parecía una marca realizada deliberadamente con una herramienta pequeña y precisa. Al retirar cuidadosamente la capa de polvo acumulada, apareció una segunda incisión. Luego una tercera. Todas seguían exactamente el mismo patrón.

Aquellas marcas coincidían con otras encontradas anteriormente en otras piezas problemáticas del inventario. No eran arañazos aleatorios ni daños producidos durante entrenamientos. Eran señales deliberadas. Discretas y repetidas, consistentes. Como si alguien, años atrás, hubiera seleccionado determinadas armas del arsenal y hubiese dejado una forma de identificarlas sin que figurara nada en los registros oficiales. Y a medida que más polvo era retirado del acero envejecido, comenzaba a resultar evidente que aquellas muescas no eran una anomalía aislada, sino parte de algo mucho más antiguo que había permanecido oculto durante décadas bajo el silencio y el abandono de los búnkeres militares de Konoha.

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Con el próximo post de Naoe, ya puedes concluir la misión y enviarla a corregir!
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20-06-2026, 08:02 PM
El portazo metálico de la salida superior resonó a través de las tuberías y conductos del subsuelo como un trueno distante, decretando el retorno del silencio absoluto al búnker. Naoe permaneció inmóvil durante unos extensos segundos, sosteniendo la katana de entrenamiento desgastada justo bajo el haz de luz amarillenta de la lámpara. Sus ojos azules, agudos y desprovistos de cansancio, no se dirigieron hacia las escaleras por donde el anciano funcionario acababa de huir resentido, sino hacia el vector exacto que la mirada fugaz del burócrata había delatado antes de retirarse.

Para un observador común, aquel micro-gesto habría pasado desapercibido entre el tintineo de las llaves y el andar cansado del civil. Para la mente analítica del Senju, entrenada bajo una estricta doctrina de guardia alta y escaneo perimetral, aquella mirada había funcionado como un faro en mitad de la penumbra. Naoe depositó la espada sobre la mesa con total parsimonia. Con paso amortiguado y elegante, cruzó el umbral de la iluminación principal para adentrarse en la sección más rezagada del almacén. El aire allí era notablemente más frío y denso, impregnado de una humedad que había resquebrajado profundamente la madera de las viejas estanterías. Al acercarse, el ninja deslizó sus dedos enguantados por los bordes donde debían descansar las identificaciones oficiales. El diagnóstico estructural fue inmediato: las etiquetas no se habían podrido por el tiempo; habían sido arrancadas mediante cortes limpios y deliberados. Alguien se había tomado la molestia de borrar la identidad de ese sector del inventario de la fortaleza.

Regresando a su mesa de trabajo con el mismo semblante imperturbable, Naoe concentró toda su meticulosidad en las piezas de metal que descansaban frente a él. Tomó el lino blanco y retiró el polvo acumulado en los pomos de las últimas katanas y puntas de kunai extraídas del lote profundo. Bajo el residuo grisáceo, el acero muerto reveló su verdad. Una incisión milimétrica hecha con punzón. Luego una segunda. Una tercera. El mismo patrón geométrico y discreto que se repetía en decenas de hojas defectuosas catalogadas horas atrás. No eran melladuras de combate; era una marca de catalogación clandestina y paralela al registro oficial de Konoha.

—Un registro oficial falseado o alterado desde dentro es una grieta tan peligrosa como un muro desmoronado—, determinó para sí mismo. Su naturaleza pacifista y ordenada lo apartó de la idea de buscar culpables de forma impetuosa; su deber actual no era juzgar una conspiración que parecía respirar desde hacía décadas en los búnkeres, sino plasmar la cruda e indiscutible verdad sobre el papel para que los mandos superiores actuaran. La pluma de Naoe volvió a rasgar el pergamino con una cadencia matemática que se prolongó hasta que las lámparas de aceite amenazaron con extinguirse por completo. Su caligrafía, limpia y perfectamente alineada en columnas, no omitió un solo detalle. Clasificó las armas aptas para el adiestramiento de reclutas, numeró con precisión milimétrica el metal destinado al crisol de fundición y, en un anexo final redactado con una sinceridad fría y transparente, detalló la existencia del patrón de muescas deliberadas, las etiquetas removidas del sector oeste del búnker y las severas discrepancias administrativas acumuladas a lo largo de los años.

Cerca de la medianoche, Naoe se tomó unos minutos para sacudirse con obsesiva pulcritud las motas de polvo del uniforme, acomodó su cabello largo y oscuro con un ademán pausado y procedió a enrollar el pergamino oficial, sellándolo con el lacre militar y su cuño personal. Tomando su tablilla y la documentación triplicada bajo el brazo, el joven Senju apagó la última lámpara de aceite, devolviendo el búnker a la negrura que lo había custodiado durante años. Subió las escaleras de piedra con su postura marcial intacta, listo para entregar el informe final en las oficinas de asignación del Distrito Militar. La auditoría física de Rango E había concluido con un éxito técnico rotundo, pero el metal olvidado de Konoha le había dejado claro que el orden de la fortaleza requería una vigilancia constante que él, con su esgrima y su doctrina, estaba más que dispuesto a mantener.
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Moderador 2
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21-06-2026, 05:54 AM
Recompensas entregadas
Nara Kogarasu (Narrador)
-2650->-2400 Ryos  (Comentario del moderador: Vamos muchacho!!! Tu puedes pagar esa deuda!)
478->528 Exp
y.....Taran! Un pergamino :D (al momento lo posees, recuerda que en cuanto salga la guía de Narradores, mandes una petición administrativa para "materializar" ese pergamino, besos)
Naoe Senju
350->600 Ryos
2->4 Tobis
321->371 Exp

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